Cuento Infantil – El ave fénix

cuentos infantiles fenixEl ave fénix renace de sus cenizas cada cien años, o al menos eso cuenta la leyenda…

En el jardín del Paraíso, bajo el árbol de la sabiduría, crecía un rosal. En su primera rosa nació un pájaro; su vuelo era como un rayo de luz, magníficos sus colores, arrobador su canto.

Pero cuando Eva cogió el fruto de la ciencia del bien y del mal, y cuando ella y Adán fueron arrojados del Paraíso, de la flamígera espada del ángel cayó una chispa en el nido del pájaro y le prendió fuego. El animalito murió abrasado, pero del rojo huevo salió volando otra ave, única y siempre la misma: el Ave Fénix. Cuenta la leyenda que anida en Arabia, y que cada cien años se da la muerte abrasándose en su propio nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave Fénix, la única en el mundo.

El pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espléndida de colores, magnífica en su canto. Cuando la madre está sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y, desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del niño. Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan, su perfume unas violetas.

Pero el Ave Fénix no es sólo el ave de Arabia; aletea también a los resplandores de la aurora boreal sobre las heladas llanuras de Laponia, y salta entre las flores amarillas durante el breve verano de Groenlandia. Bajo las rocas cupríferas de Falun, en las minas de carbón de Inglaterra, vuela como polilla espolvoreada sobre el devocionario en las manos del piadoso trabajador. En la hoja de loto se desliza por las aguas sagradas del Ganges, y los ojos de la doncella hindú se iluminan al verla.

¡Ave Fénix! ¿No la conoces? ¿El ave del Paraíso, el cisne santo de la canción? Iba en el carro de Thespis en forma de cuervo parlanchín, agitando las alas pintadas de negro; el arpa del cantor de Islandia era pulsada por el rojo pico sonoro del cisne; posada sobre el hombro de Shakespeare, adoptaba la figura del cuervo de Odin y le susurraba al oído: ¡Inmortalidad! Cuando la fiesta de los cantores, revoloteaba en la sala del concurso de la Wartburg.

¡Ave Fénix! ¿No la conoces? Te cantó la Marsellesa, y tú besaste la pluma que se desprendió de su ala; vino en todo el esplendor paradisíaco, y tú le volviste tal vez la espalda para contemplar el gorrión que tenía espuma dorada en las alas.

¡El Ave del Paraíso! Rejuvenecida cada siglo, nacida entre las llamas, entre las llamas muertas; tu imagen, enmarcada en oro, cuelga en las salas de los ricos; tú misma vuelas con frecuencia a la ventura, solitaria, hecha sólo leyenda: el Ave Fénix de Arabia.

En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!.

Fin

Hans Christian Andersen

Obra de teatro – El árbol de los zapatos

Título: El árbol de los zapatos.

Autor: Adaptado del cuento de los hermanos Grimm.

Personajes: Narrador, María, Juan, Señor Martín, Señora Martín, Señora Gómez, señoras con bebés,    señora Blanco, señor Blanco, Pepe,

Curioso 1, vendedor, curioso 2

Escenario: una casa humilde, un molino, unas montañas y un castillo.


(Escena I)

Un hombre cava en el jardín, mientras sus hijos lo ven.

Narrador: Juan y María miraban a su padre cavando en el jardín. Era un trabajo muy pesado así que fueron a animarle.

María: Mira, papá ha encontrado una bota vieja.

Juan: ¿Qué harás con ella?

Señor Martín: Podemos enterrarlo aquí. Dicen que si se pone un zapato viejo debajo de un cerezo crece mucho mejor.

María:
(Riendo)
¿Qué es lo que crecerá? ¿La bota?

Señor Martín: Bueno, si crece, tendremos bota asada para comer.

Narrador: Así juntos, enterraron la bota. Y ya entrada la primavera, un viento fuerte derribó el cerezo. Cuando se acercaron para recoger las ramas caídas vieron una planta nueva. Y decidieron dejarla creer para ver que era, porque no se parecía a las que ellos conocían, tampoco pudieron encontrarla en los libros de jardinería.

Juan: Jamás vi una planta como ésta.

(Escena II)

La planta ha crecido, y ahora tiene unos frutos grisáceos extraños.

Narrador: La planta era bastante interesante, así que la dejaron crecer. A la primavera siguiente, era casi un arbolito. En otoño, aparecieron frutos, pero estos eran muy raros estaban llenos de bultos y tenían una forma muy curiosa.

Señora Martín: (intrigada) Ese fruto me recuerda algo…(pensativa)…¡Parecen botas!

Juan: (tocando el fruto con asombro) ¡Es verdad! Parecen botas.

Señora Gómez: (asomándose)¿Dijeron botas?

María: ¡Sí, crecen botas!

Señora Gómez: ¿Puedo acercarme a mirarlas?, Pedrito ya es grande y necesitará botas.

Señora Martín: Claro que sí. Pase y véalas con sus propios ojos.

Narrador: La señora Gómez se acercó, con el bebé en brazos. Lo puso junto al árbol, cabeza abajo. Juan y María acercaron un par de frutos a sus pies.

Juan: Aún no están maduras. Vuelva mañana para ver si han crecido un poco más.

Narrador: (Pronuncia su discurso, mientras en el fondo las mamas prueban botas a sus hijos) La señora Gómez volvió al día siguiente, y el próximo, uno más, hasta que al final de la semana, descubrieron un par que parecía justo el número de Pedrito. María las bajó y la señora Gómez se las puso a su hijo. Le quedaban muy bien y Pedrito comenzó a caminar por el jardín. Así que el señor Martín decidió que todos los que necesitaran botas para sus hijos podían venir a recogerlas del árbol.

Pronto el jardín se llenó de mujeres con niños pequeños. Algunas alzaban a los bebés para poder calzarles los zapatos, otras los levantaban cabeza abajo para medir la fruta con sus pies. Juan y María recogieron las que sobraban y las colocaron sobre el césped, ordenándolas por pares. Las madres que llegaron tarde probaron estas botas, hasta que todos los niños tuvieron las suyas. Al final del día, el árbol estaba pelado.

(Escena III)

Cambio a la casa de los Blanco.

Narrador: La señora Blanco, volvió a casa muy contenta porque consiguió zapatos para los trillizos.

Señora Blanco: Los traje gratis, del árbol del señor Martín. Mira, la cáscara es dura como el cuero, pero por dentro son muy suaves.

Narrador: El señor Blanco contempló detenidamente los pies de sus hijos.

Señor Blanco: Tengo una idea, quítales los zapatos.

Narrador: Y mientras el señor Blanco, llevaba a cabo su idea, pasaron los años. El árbol de los Martin, produjo frutos más grandes; y los niños crecían, así que seguían encontrando zapatos. Hasta que un día, apareció un gran cartel en casa del señor Blanco, CALZADOS BLANCO, S.A. decía.

Señor Martín: Con razón andaba el señor Blanco tan sospechoso plantando cosas en su huerto. El bribón planto todos los zapatos que le dimos gratis a su familia y ahora tiene muchos árboles.

Señora Martín: (amargamente) Dicen que se hará rico con ellos.

Narrador: Y así parecía, el señor Blanco contrató tres mujeres para que le recolectaran los zapatos de los árboles y los clasificaran por números. Luego envolvían los zapatos en papel de seda y los guardaban en cajas para enviarlos a la ciudad, donde los venderían a buen precio.

Al mirar por la ventana, el señor Martín vio al señor Blanco que pasaba en un coche elegantísimo.

Señor Martín: Nunca pensé en ganar dinero con mi árbol.

Señora Martín: (cariñosamente) No sirves para los negocios, querido. Y mejor que todos los niños del pueblo puedan tener zapatos gratis.

(Escena IV)

cambio a un campo junto al huerto del señor Blanco donde los niños juegan.

Narrador: El señor Blanco había construido un muro muy alto para que no entrara la gente. Sin embargo, Pepe, un amigo de Juan y María. Con gran esfuerzo había escalado el muro.

Juan: Hola, Pepe, ¿Qué hacías ahí?

Pepe:
(Saltando frente a ellos, sonriente) recojo frutos de zapato para que mi abuelita me haga un pastel con ellos.

María: ¿Un pastel?¿Y sabe bien?

Pepe: ¡Riquísimo!, la cáscara es un poco dura. Pero si cocinas lo de dentro, con mucho azúcar, está muy rico. Mi abuelita hace unos pasteles estupendos con los zapatos. Ven a probarlos, si quieres.

Narrador: Juan y María ayudaron a Pepe a llevar los frutos a su abuela, y todos comieron un trozo de pastel. Era dulce y muy rico, tenía un sabor más fuerte que las manzanas y muy raro. A Juan y a María les gustó muchísimo. Al llegar a casa, recogieron algunas frutas que quedaban en el árbol de los zapatos.

María: Las pondremos en el horno, aprendí a hacer manzanas asadas, no puede ser muy distinto.

Narrador: María y Juan asaron los zapatos, rellenándolos con pasas de uva. Cuando sus padres volvieron de trabajar, se los sirvieron, con nata. Al señor y a la señora Martín les gustaron tanto como a los niños

Señor Martín: ¡Vaya! Tengo una idea magnífica y la pondré en práctica.

Narrador: Al día siguiente, llevó los frutos de zapato a la ciudad. Se detuvo en la feria y habló con un vendedor. Entonces el vendedor escribió en un cartel “Frutos de zapato a 5 monedas el kilo”.

Curioso 1: Yo pagué 500 monedas por un par para mi hijo en la zapatería. ¡Y aquí las venden a 5!

Vendedor:
(gritando)¡Sólo cinco monedas!. Hay que pelarlos y comer la pulpa, que es deliciosa. ¡Son muy buenos para hacer pasteles!

Curioso 1: (moloesta)
Nunca más volveré a comprarlos en la zapatería.

Narrador: Al final del día, el vendedor se sentía muy contento. El señor Martin le había regalado los frutos y ahora tenía la cartera llena de dinero. Por su parte el señor Blanco, remató su mercancía, puso carteles nuevos que decían “Grandes rebajas”, “5 monedas el par”

(Escena V)

Cambio a casa de los Martin

Narrador: Después de esto, todo el mundo se puso contento: los niños del pueblo seguían consiguiendo zapatos gratis del árbol de la familia Martín, y a la gente de la ciudad no les importaba pagar 5 monedas por un par en la zapatería. Y todos los que querían podían comer la fruta. El único que no estaba contento era el señor Blanco; aún vendía algunos zapatos, pero ganaba menos dinero que antes.

Señor Martín: ¿Crees que estuve mal con el señor Blanco?

Señora Martín: Me parece que no. Después de todo, la fruta es para comerla ¿verdad?

María: Y además ¿no fue lo que dijiste al enterrar aquella bota vieja? ¿Te acuerdas? Nos prometiste que cenaríamos botas asadas.

Fin

Cuento infantil – La bella durmiente

cuentos infantiles bella durmienteHace mucho, mucho tiempo, en un lugar muy lejano, los reyes ofrecieron una gran fiesta. El motivo era el bautizo de su bella hija, Aurora. Para esta celebración se llamó a casi todas las hadas del reino, solo olvidaron invitar a la más malvada de todas, sin embargo, ella se presentó en el palacio y por la descortesía en su contra, arrojó un maleficio a la pequeña: — Al cumplir los dieciséis años te pincharás con un huso y morirás.

Todos quedaron impactados ante aquellas palabras, por fortuna, un hada buena, pronunció también un encantamiento: — Al pincharse en vez de morir, la muchacha permanecerá dormida durante cien años y solo el beso de un apuesto príncipe la despertará.

El rey mandó destruir todos los husos del palacio, para evitar así que la princesa pudiera pincharse, y así pasaron los años hasta que la princesita se convirtió en una muchacha muy bella. Pero tenía el hada malvada sus artimañas. Cuando la joven cumplió dieciséis, la curiosidad la llevó hasta un rincón apartado del castillo, donde una vieja hilaba. Y de inmediato quiso probar…cumpliendo así su destino de pincharse y caer dormida al suelo.

Al verla tendida en la cama de flores donde sus amorosos padres la colocaron, el hada buena tuvo una brillante idea. Puso a dormir a todos en el reino, así cuando la princesa despertara, nada habría cambiado. Un giro de la varita y ¡zas!, nada se movía, todos estaban dormidos.

El palacio, quedó oculto entre la espesura de unos zarzales que crecieron por décadas. Ahí permaneció, olvidado del mundo, hasta que un día, un príncipe que estaba de caza en las cercanías, se internó en el escondite de su presa, el cual lo llevó hasta el castillo.

Cuando vio a los habitantes tendidos por todas partes, pensó con horror que estaban muertos, pero luego vio que en realidad estaban dormidos. Aunque no pudo despertarlos.

La búsqueda de una explicación, le hizo llegar a la habitación donde dormía la princesa. Contempló aquel rostro lleno de belleza; y su corazón se enterneció. Emocionado por el amor que latía en su pecho, tomó la mano de la muchacha y delicadamente la besó

Con aquel beso, la muchacha abrió los ojos, despertando del larguísimo sueño. El encantamiento se había roto. Todo el reino despertó junto con ella. Al cabo de unos días, el palacio, recuperó su esplendor y se llenó de música con motivo de la boda.

Fin    

Obra de teatro – Las cuatro ranas

Título: Las cuatro ranas.

Autor: Adaptado de la Leyenda de las cuatro ranas.

Personajes: Narrador, Rana 1, Rana 2, Rana 3, Rana 4.

Escenario: un rio, un tronco, una cascada.

cuatro ranas obra de teatro cortaNarrador: Cuatro ranas se encontraban sentadas sobre un tronco que flotaba en la orilla de un río. De pronto el madero fue arrastrado por las aguas. Las ranas, sorprendidas por lo que estaba sucediendo observaban interesadas el movimiento del tronco. Esto es una experiencia nueva para ellas y cada una lo interpreta a su manera y expresan sus opiniones.

Rana 1: ¡Qué madero tan maravilloso! Es un tronco mágico que se mueve por fuerza propia como nunca habíamos visto, como si estuviese o vivo, o si tuviese dentro algo que lo impulsa a moverse.

Narrador: La segunda rana mira a la primera con algo de contrariedad y luego se dirige a las otras.

Rana 2: No queridas amigas y compañeras de viaje. El madero no tiene vida ni es mágico. Es como cualquier otro tronco inerte. Lo que se mueve son las aguas del río que van hacia el mar y arrastran el madero.

Narrador: La tercera rana no quiere quedarse atrás y entra también a la plática para corregir a las primeras.

Rana 3: Ni se mueve el madero, ni se mueve el río. Lo único que se mueve es nuestro pensamiento. El movimiento está solo en la mente. Lo demás es pura ilusión. Esta es la verdad.

Narrador: En este punto, las tresranas comenzaron a discutir sobre qué era lo que realmente se estaba moviendo, sin embargo, no lograban ponerse de acuerdo. La discusión se intensifica. Cada una de ellas defiende su teoría lanzando nuevos argumentos sin escuchar la opinión de las demás. Así que decidieron consultar a la cuarta rana, que hasta aquél momento había escuchado todo en silencio.

Rana 4: Se mueve el tronco, el río y nuestro pensamiento. Ninguna se equivoca, todas tienen razón.

Narrador: Al oír esto, las tres ranas de molestaron mucho, porque ninguna quería admitir que la suya no fuera la verdad completa y que las otras no se hubieran equivocado. Así que juntas, tiraron al agua a la cuarta. Y así como ellas, las personas tampoco soportamos que nuestras explicaciones no aclaren todas las condiciones de la vida, y muchas veces preferimos defender nuestras teorías, que atender la realidad.

La cuarta rana, a salvo en la orillas, les grito a las otras tres.

Rana 4: ¡Cuidado! Oigo el ruido de una catarata caerán si no saltamos antes.

Narrador: Pero las ranas estaban tan ocupadas tratando de demostrar que tenían razón, que no escuchan lo que se les advierte. Insisten en imponer su teoría a las demás y no saltan del madero, caen por la catarata, mientras el ruido de las aguas ahoga su discusión.

Las ranas obstinadas cerraron sus ojos a las advertencias, cerraron sus oídos al ruido preveniente de la catarata. Solo les importaba el sostenimiento de su punto de vista y no la verdad.

Cuento infantil – La pequeña vendedora de fósforos

cuento infantil  vendedora de fosforosJunto a los fríos copos de nieve, caía la última noche del año. Bajo aquella terrible tempestad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Sus desnudos piececitos estaban amoratados por el frío.

En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, los cuales no había vendido en todo el día. ¡Estaba tan abatida, la pobrecilla!, con mucha hambre y frio. Los copos de nieve caían sobre ella. Así que en un ángulo que formaban dos casas se acurrucó, pues temía volver a casa sin ganancia alguna ya que su padre la golpearía.

Tenía las manitas casi congeladas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: —¡ritch! —. ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa, parecía una enorme estufa de latón.

Calentaba tan bien, que la niña alargó los pies para calentarlos, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.

Encendió otra, que, al proyectar su luz, la niña pudo ver una mesa puesta, con un pato asado que saltó fuera del plato, con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared.

Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad.
Millares de velitas, ardían en las ramas verdes La pequeña levantó los dos bracitos… y entonces se apagó el fósforo.

Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

— Alguien se está muriendo—pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho que cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios.

Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.

— Abuelita! —exclamó la pequeña—. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.

Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, y los fósforos brillaron. La abuelita tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor.

Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente… Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo.

La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver, sentado, con sus fósforos, un paquetito de los cuales aparecía consumido casi del todo. «¡Quiso calentarse!», dijo la gente.

Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo.

FIN

Hans Christian Andersen

Obra de teatro – Juan sin miedo

Título: Juan sin miedo.

Autor: Adaptado del cuento de los hermanos Grimm.

Personajes: Narrador, Padre, Juan, Sacristán, Rey, Espectro, Fantasma, Mago, Princesa.

Escenario: una casa humilde, un molino, unas montañas y un castillo.

obra de teatro juan sin miedoNarrador: En una pequeña aldea, vivía un anciano padre con sus dos hijos. El mayor de ellos era trabajador, llenaba de alegría y de satisfacción el corazón de su padre, mientras el más joven sólo le ocasionaba disgustos. Un día el padre le llamó y le dijo:

Padre: Hijo mío, sabes que no tengo mucho que heredarles, y a pesar de ello, aún no has aprendido ningún oficio que te sirva para salir adelante. ¿Qué te gustaría aprender?

Juan: Muchas veces oigo relatos que hablan de monstruos, fantasmas y no siento miedo como otra gente. ¡Quiero aprender a sentir miedo!

Padre: (gritando enfadado)
Estoy hablando de tu porvenir, de algo que te asegure el pan de cada día y ¿tú quieres aprender a tener miedo? Si es lo que quieres, pues márchate a aprenderlo.

Narrador: Juan se despidió de su familia y salió de casa a buscar el miedo. Cerca de un molino encontró a un sacristán y se presentó ante él.

Juan: Soy Juan Sin Miedo.

Sacristán: (sorprendido y confuso)
¿Juan Sin Miedo? ¡Extraño nombre!

Juan: ¡Así es! Vera usted, es que nunca he conocido el miedo y salí de mi casa con la intensión de que alguien pueda mostrármelo.

Sacristán: Tal vez pueda ayudarte. Cuentan que muy lejos de aquí, más allá del valle, hay un castillo encantado por un malvado mago. El monarca prometió la mano de su hija a aquel que recupere el castillo y su tesoro. Todos los que lo intentaron huyeron asustados o murieron de miedo.

Juan: (animado) Tal vez ahí pueda sentir el miedo.

Narrador: Juan entonces se decidió realizar el viaje. Después de mucho caminar, vio a lo lejos las torres y fue en busca del rey. Ahí, se acercó a los guardias de la puerta principal y se presentó.

Juan: Soy Juan Sin Miedo, y deseo ver al Rey. Quizá me permita entrar en su castillo y sentir eso a lo que llaman miedo.

Narrador: El más fuerte le acompañó al Salón del Trono. Ahí el monarca le explico lo mismo que a otros que fueron antes que él.

Rey: Si consigues pasar tres noches seguidas en el castillo, derrotar a los espíritus y devolverme mi tesoro, te concederé la mano de mi amada y bella hija, y la mitad de mi reino como dote.

Juan: Estoy alagado con su propuesta, pero yo sólo he venido para saber lo que es el miedo.

Narrador: “Qué hombre tan valiente, qué honesto”, pensaba el rey, aunque al mismo tiempo tenía pocas esperanzas de recuperar sus pertenencias, pues demasiados lo habían intentado sin éxito alguno. Sin embargo le permitió a Juan probar su suerte. Así que el joven, se dispuso a pasar la primera noche en el castillo. Donde le despertó un alarido impresionante.

Espectro: (simulando flotar y haciendo movimientos tétricos)
¡Uhhhhhhhhh!

Juan:¿Quién eres tú, que te atreves a despertarme?

Espectro: ¡Uhhhhhhhhh!

Narrador: Ante este segundo alarido, Juan Sin Miedo le tapó al espectro la boca con una bandeja que adornaba la mesa. Así el espanto quedó mudo y se deshizo en el aire. Cuando el soberano vino a ver sus logros la siguiente mañana, pensó que solo era suerte, pues aun restaban dos noches.

Pasó el día y se fue el sol. Como la noche anterior, Juan Sin Miedo se fue a dormir, pero esta vez apareció un fantasma espantoso que lanzó un bramido.

Fantasma: ¡Uhhhhhhhhhh!

Narrador: Juan Sin Miedo tomó un hacha que colgaba de la pared, y cortó la cadena que arrastraba la bola unida al grillete del aparecido. Al no estar sujeto, el fantasma se elevó y desapareció.

El rey pasó por ahí al amanecer y pensó que la prueba definitiva estaba cerca, pues la tercera noche era la que contaba. Al caer la noche; Juan Sin Miedo ya dormía y escuchó una espeluznante momia acercandose.

Juan: Dime qué motivo tienes para interrumpir mi sueño.

Narrador: Como no le respondió, agarró ele extremo de la venda y tiró. Hasta retirarlas todas y encontrarse a un mago.

Mago: Mi magia no vale contra ti. Déjame libre y romperé el encantamiento.

Narrador: La ciudad entera se había reunido a las puertas del castillo, para celebrar los logros de Juan Sin Miedo.

Rey: ¡Cumpliré mi promesa!, te casaras con mi hija y serás el príncipe del pueblo.

Narrador: Y así fue, Juan si miedo contrajo matrimonio y se convirtió también en gobernante. Pero aquí no termina la historia: cierto día en que el ahora príncipe dormía, la princesa decidió sorprenderle regalándole una pecera. Pero tropezó al inclinarse, y el contenido, agua y peces cayeron sobre el lecho que ocupaba Juan.

Juan: (sorprendido)
¡Ahhhhhh!¡Qué miedo!

Narrador: La princesa reía viendo cómo unos simples peces de colores habían asustado al que permaneció impasible ante espectros y aparecidos.

Princesa:
(riendo en complicidad)
Te guardaré el secreto.

Narrador: Y así lo hizo, por eso hasta el día de hoy aún se le conoce como Juan Sin Miedo.

FIN

Cuento infantil – ¡Baila, muñequita!

cuento infantil muñequita—Sí, es una canción para las niñas muy pequeñas —aseguró tía Malle—. Yo, con la mejor voluntad del mundo, no puedo seguir este “¡Baila, baila, muñequita mía!” —Pero la pequeña Amalia si la seguía; sólo tenía 3 años, jugaba con muñecas y las educaba para que fuesen tan listas como tía Malle.

Venía a la casa un estudiante que daba lecciones a los hermanos y hablaba mucho con Amalita y sus muñecas, pero de una manera muy distinta a todos los demás. La pequeña lo encontraba muy divertido, y, sin embargo, tía Malle opinaba que no sabía tratar con niños; sus cabecitas no sacarían nada en limpio de sus discursos. Pero Amalita sí sacaba, tanto, que se aprendió toda la canción de memoria y la cantaba a sus tres muñecas, dos de las cuales eran nuevas, una de ellas una señorita, la otra un caballero, mientras la tercera era vieja y se llamaba Lise. También ella oyó la canción y participó en ella.

¡Baila, baila, muñequita,

qué fina es la señorita!

Y también el caballero

con sus guantes y sombrero,

calzón blanco y frac planchado

y muy brillante calzado.

Son bien finos, a fe mía.

Baila, muñequita mía.

Ahí está Lisa, que es muy vieja,

aunque ahora no semeja,

con la cera que le han dado,

que sea del año pasado.

Como nueva está y entera.

Baila con tu compañera,

serán tres para bailar.

¡Bien nos vamos a alegrar!

Baila, baila, muñequita,

pie hacia fuera, tan bonita.

Da el primer paso, garbosa,

siempre esbelta y tan graciosa.

Gira y salta sin parar,

que muy sano es el saltar.

¡Vaya baile delicioso!

¡Son un grupo primoroso!

Y las muñecas comprendían la canción; Amalita también la comprendía, y el estudiante, claro está. Él la había compuesto, y decía que era estupenda. Sólo tía Malle no la entendía; no estaba ya para niñerías.

—¡Es una bobada! —decía. Pero Amalita no es boba, y la canta. Por ella es por quien la sabemos.

FIN

Hans Christian Andersen

Obra de teatro – El pastorcillo mentiroso

Título: ¡Ayuda!, viene el lobo.

Autor: Adaptado del cuento Pedro y el lobo.

Personajes: Narrador, Pastorcillo, gente del pueblo, ovejas, lobo.

Escenario: El pastizal.

obra de teatro pastorcillo mentiroso(Empieza la escena con el pastorcillo cuidando de las ovejas)

Narrador: Había una vez un pastorcillo que tenía a su cargo todas las ovejas del pueblo. A veces el tiempo se le iba de prisa, pero ciertos días, el chico se aburría de solo ver pastar a las ovejas. Así que un día decidió divertirse a costa de los vecinos.

Pastorcillo: (gritando) ¡Auxilio!, ¡Socorro!, ¡viene el lobo para devorarse las ovejas!

Narrador: En cuanto la gente escuchó los gritos del pastorcillo, fueron corriendo para ayudarle a espantar el lobo, pero el lugar de eso, lo encontraron riéndose por lo bien que le salió la broma. Todos los pobladores volvieron a casa muy enfadados.

(Se apagan las luces por un momento y se encienden de nuevo para ver al chico cuidando de las ovejas)

Narrador: El tiempo pasó, y una semana más tarde cuando el muchacho se aburría del nuevo, volvió a gritar.

Pastorcillo: -¡Socorro! ¡Que viene el lobo y devora las ovejas!

Narrador: Otra vez las personas del pueblo corrieron para ayudarle y lo encontraron riéndose como la primera vez, pero no pudieron hacer más que regañarlo.

Gente del pueblo: Esas bromas que hacen son de muy mal gusto, no puedes portarte de esa manera.

(Se marchan enfadados)

(Se apagan las luces por un momento y se encienden de nuevo para ver al chico cuidando de las ovejas)

Narrador: Sin aprender la lección, semanas después el muchacho hizo la misma broma, una y otra vez, en todas ellas la gente acudía a su llamada de auxilio, solo para encontrar al pastorcillo riendo. Sin embargo, esto había mermado ya la paciencia de los buenos vecinos, y durante una tarde de invierno, mientras el muchacho reunía las ovejas para regresar, vino un lobo de verdad. El jovencito estaba aterrado, un enorme lobo se acercaba saboreándose las ovejas.

(El pastorcillo corre asustado y grita a todo pulmón)

Pastorcillo: ¡Socorro! ¡Que viene el lobo y devora las ovejas!

Narrador: Pero en esa ocasión, nadie en el pueblo salió para ayudar al muchacho, porque nadie cree a un mentiroso, aunque alguna vez diga la verdad.

FIN.

Cuento infantil – Ratón de campo, ratón de ciudad

cuento infantil ratonesHabía una vez un ratoncito muy feliz, que vivía en el campo. Aunque era muy humilde, no le hacía falta nada. Todos los días tenía comida fresca en su mesa, y disfrutaba de una salud envidiable porque corría entre los árboles respirando aire puro.

Cuando su primo, el ratón de ciudad vino de visita, le dijo lo diferente que era el sitio donde él vivía, lleno de suculentas comidas, y de artefactos extraños pero sorprendentes. Aunque el ratón de campo no tenía muchas ganas de conocer ese lugar, terminó por ceder ante la insistencia de su pariente, y aceptó la invitación.

Apenas puso un pie en la ciudad, nuestro amiguito campirano pudo sentir la diferencia. Su tranquilidad se fue, pues había peligros por todas partes, ruidos de coches, humo, polvo, personas moviéndose a prisa de aquí para allá.

Su primo, vivía en el sótano de un gran hotel, así que su madriguera era muy distinta, elegante, con finas alfombras, y armarios repletos de cosas ricas. Del techo tenía colgado un gran queso el cual se disponían a servir como banquete para celebrar. Pero el gato les interrumpió, asomando su nariz por la puerta del escondite de los ratones.

Ambos roedores salieron disparados, huyendo del gato que venía detrás, luego una mujer, con escoba en mano, intentaba darles en la cabeza a cada paso, dando gritos tan fuertes que hacían vibrar las grandes orejas de los pobres ratoncitos.

Apenas si pudo salvarse volviendo a la casa de su primo y sin perder tiempo, se despidió de él con un abrazo, para volver al campo lo antes posible.

Desde lejos, el aroma de la hierba invadió sus pulmones, entonces, sus ojos se llenaron de lágrimas al mismo tiempo que saltaba con gusto porque faltaba poco para llegar a casa. Donde podría nuevamente tener una vida tranquila y disfrutar de su felicidad sin necesidad de tantas cosas materiales.

FIN

Obra de teatro – La caja de Pandora

Título: La caja de Pandora

Autor: Adaptado del cuento infantil del mismo nombre

Personajes: Narrador, Pandora, Epimeteo, Voces dentro del tarro (alimañas), Voz dentro del tarro (Polilla)

Escenario: Una casa de la antigüedad.

obras de teatro cortas pandoraNarrador: Fue hace mucho, mucho tiempo, cuando en el mundo no había desdicha, enfermedad, rencor. Entonces, la gente no se lastimaba una a otra, no envidiaban a los demás, no peleaban, así que tampoco existían guerras ni muertes. En ese momento todo era abundancia y todos disfrutaban de una buena vida, especialmente Pandora y Epimeteo, un par de jóvenes enamorados que habían contraído matrimonio.

Él la llenaba de regalos. Cada día la alagaba llevaba un vestido nuevo, unas sandalias, joyas, o estatuas para el jardín. Pero un día, vino con un objeto extraño, envuelto en un paño.

(Pandora Baila por su casa y entra Epimeteo cargando algo)

Pandora: (curiosa) ¿Qué es esto?, ¿Es un regalo para mí?

Epimeteo: (Enérgico) No, Pandora. (Saca el objeto del paño) El dios Mercurio me ha encargado custodiar esta caja y me ha dicho que por ningún motivo debe abrirse o lo lamentaremos. Así que he dado mi palabra de que nada pasará.

Pandora: Déjame que vea tan solo un poco. Sera solo un instante.

Epimeteo: ¡No, Pandora! Esto no es nuestro. Debemos respetar el mandato de los dioses Mercurio. ¡Aléjate de ella!.

Narrador: Pandora aprovecho la salida de Epimeteo el día siguiente, y fue a pararse junto a la caja. Su curiosidad era tanta, que acercó sus dedos al hilo dorado que mantenía la caja cerrada.

Pandora: (curiosa y pensativa) Me pregunto qué habrá dentro. Tal vez, si es un regalo para mí, pero Epimeteo trata de jugarme una broma. De igual manera, si no es para mí, fue él quien hizo la promesa, no pasará nada porque yo mire en su interior.

Narrador: Estuvo a punto de detenerse, pero fue dominada por su impaciencia. Desató la cuerda y levantó los cierres. Inmediatamente la caja emitió un leve sonido, como el aleteo de una mariposa.

Pandora: Pobre criatura, ¿Qué hace encerrada ahí dentro?, ¡Tengo que liberarla!

Narrador: Pandora abrió por fin la caja. En su interior había un tarro sellado y lleno de polvo. El cual emitía aún más sonidos.

Voces dentro del tarro: ¡Pandora! ¡Pandora! ¡Por favor, déjanos salir!

Pandora: (Impaciente) Pero no debo, ¡no debo! Mi esposo dijo que…

Voces dentro de la caja: ¡Y qué sabe él! El mundo nos necesita y la gloria será para ti si nos liberas.

Narrador: Finalmente la tentación la venció y Pandora rompió el sello del frasco. De ahí salieron horribles alimañas, insectos y sabandijas, llevando consigo las palabras: Muerte, Temor, Enfermedad, Hambre, Vejez. Para cuando Pandora logró poner el tapón de nuevo, se habían escapado también la Inquietud, la Ira y los Celos.

Epimeteo: (Entra en escena y al ver lo que Pandora hizo, enfurece) ¿Pero qué has hecho?, te dije que no debías abrir la caja. ¿Por qué desobedeciste?

Narrador: En ese momento, los ojos de Pandora se llenaron de lágrimas por primera vez, y se escucharon peleas por todos lados. La gente estaba conociendo los males que escaparon del tarro.

Voz dentro del tarro: ¡Pandora! ¡Pandora! ¡No me dejes aquí sola! ¡El mundo me necesita!

Pandora: (Llorando) ¡No me engañarán de nuevo!

Voz dentro del tarro: Puedo ayudarte. ¡Por favor, déjame salir!

Narrador: Aquella vocecilla sonaba tan afligida como Pandora. Así que accedió a abrir el tarro. Esta vez salió volando una frágil y diminuta criatura blanca, parecida a una polilla. Al posarse sobre el rostro de Pandora, ésta se sintió más animada.

Pandora: ¿Qué clase de linda y perversa criatura eres tú?

Polilla: (Murmurando)
Yo soy la Esperanza.

Narrador: La Esperanza, salió volando para hacerle frente a todos aquellos males que fueron liberados en el mundo.